Spanish Book Lab: Simone, de Eduardo Lalo (Puerto Rico)

 

Eduardo Lalo es poeta, narrador, ensayista, profesor universitario y artista plastico puertorriqueño. Esta edicion de su ultima novela abriendo la coleccion Archipielago Caribe es un hecho de celebrar. No solo como proyecto editorial frente a la ausencia en nuestras librerias de producciones literarias del Caribe, en este caso puertorriqueñas, tradicion literaria nacional desconocida fuera de nuestro ambito academico, sino tambien por la calidad del texto que se presenta, acorde con la trayectoria intelectual del autor. Dos escrituras se entrecruzan en las calles de San Juan, la capital puertorriqueña. Un escritor anota en un cuaderno el fragil contenido de sus dias de supervivencia, mientras recibe anonimos que no sabe si son mensajes, citas u obras de arte. Desde estos extremos se narra en esta novela lo que no se sabe si es persecucion o busqueda y que al final resultara en un amor truncado y conmovedor. Eduardo Lalo es autor de libros de dificil clasificacion generica: La isla silente, Los pies de San Juan, La inutilidad, donde, Los paises invisibles y El deseo del lapiz. Ha dirigido ademas donde y La ciudad perdida, dos mediometrajes que han sido incluidos en muestras de video en museos y casas de cultura de America Latina, Europa y Estados Unidos. Su obra visual se ha reunido en multiples exposiciones.

 

Reseña: “Simone” y “La inutilidad”, de Eduardo Lalo

Dos libros de Eduardo Lalo, el escritor portorriqueño recientemente premiado con el Rómulo Gallegos, exploran los cruces posibles entre ciudad, identidad y literatura. / Por Lucas Mertehikian

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Hay algo magnético con los nombres en Simone, la novela del portorriqueño Eduardo Lalo que recibió el mes pasado el Premio Rómulo Gallegos, y que ahora vuelve a circular en su edición argentina. Hay algo con los nombres desde el título, ese seudónimo con que Li Chao, una inmigrante china en Puerto Rico, firma los mensajes en clave que va dejando por la ciudad para que el narrador, escritor frustrado y sin nombre, devele. Pero ni “en clave” ni “develar” son las palabras más adecuadas en este caso. Porque si bien es cierto que sobre esos mensajes se construye el enigma que moviliza la primera mitad de la novela, el nombre Simone (tomado de Simone Weil) es, antes que una máscara que oculta, otra capa más que se agrega sobre un rostro y un nombre que deambulan inadvertidos por una ciudad isleña igualmente inadvertida en el mundo. Es imposible disimular lo que ya es invisible.

El narrador de la novela permanece anónimo. Quizá por eso anota anécdotas en su libreta constantemente, que giran alrededor del modo en que alguna gente nombra o es nombrada, como premio o castigo. Una empleada de una galería de arte, por ejemplo, no repara en que su nombre, Arles Pages, remite a la ciudad que hizo famosa Van Gogh y la palabra “páginas” en francés. Carmen Lindo, una profesora universitaria que se ganará de pronto su lugar en la historia, insiste en pronunciar equivocadamente el nombre de Derrida, como si fuera un mantra que, mal dicho, no se sabe qué invoca. Una alumna del narrador se hace llamar a sí misma Cindinet: “Ese nombre inventado y absurdo”, confirma, “parecería abrir entre nosotros una distancia infranqueable”. Él mismo, sobre el final, recibe un apodo: El Que Camina Mirando el Piso.

El problema de la identidad se vuelve una vía de escape para una literatura que ya no reclama para sí más lugar, sino que se pliega sobre ese espacio imperceptible produciendo una diferencia mínima que busca decirlo todo.

En efecto, el nombre que organiza la novela es el de San Juan, la ciudad sobre cuyas paredes, calles y negocios, Li inscribe muchos de esos mensajes que ponen en marcha la historia de amor del libro. Y San Juan es también el nombre que organiza buena parte de la obra de Eduardo Lalo, y sobre la cual ensaya distintas modulaciones para su voz. En La inutilidad, novela anterior de Lalo que también ahora edita Corregidor en nuestro país, el punto de vista es el del emigrado que vuelve a una ciudad que lo recibe como extranjero: el trayecto va desde Puerto Rico a París, y de allí de nuevo a Puerto Rico. En Simone, esa condición de extrañeza se radicaliza. Todos son igualmente extranjeros en esta San Juan, el narrador lo mismo que Li.

San Juan aparece como un lugar al que nadie puede pertenecer, y por eso mismo resulta la cifra de ese problema de invisibilidad que aqueja a Li y al narrador. A Li, debido a su condición de inmigrante y su reclusión en un restaurante chino de familiares lejanos que han costeado su llegada a Puerto Rico. “He estado siempre en ese mundo”, dice Li Chao al presentarse frente al narrador, “el planeta cuya población total está constituida solo por mí: una china entre más de un billón de chinos, una china en una isla en la que no hay chinos fuera de los restaurantes, una china que lee y hace garabatos”. Al narrador, debido a que siente que su escritura es igualmente invisible: nadie lo lee, sus libros se imprimen apenas para que estén ahí y escribe desde una posición extraña a toda tradición. Escribe, de hecho, desde un conjunto de islas desde el que, es cierto, rara vez nos llegan novedades literarias, una zona decididamente marginal dentro del panorama cultural latinoamericano. También La inutilidad pone en escena ese problema, a partir de una disyuntiva de los escritores portorriqueños: ¿irse de la isla en busca de público o quedarse? ¿Y a qué precio se ejerce cada opción? La puesta en circulación de la obra de Lalo parece así, paradójicamente, un tema implícito de sus propias novelas.

El problema, ya se intuía desde el comienzo, tiene que ver con la identidad, es decir, con los nombres (y San Juan ha sido llamada así, de hecho, por El Bautista). La imagen de la ciudad que Lalo traza, tanto aquí como en La inutilidad, discute con otra imagen, impuesta por la fuerza del mercado y, en el caso de Puerto Rico, por la dominación colonial directa: la de un Caribe alegre, paradisíaco, de folleto turístico, contra la que el mismo Lalo se ha pronunciado en numerosos ensayos e intervenciones públicas. En cambio, El Que Camina Mirando el Piso, en Simone, imprime sobre la ciudad una nostalgia que es profunda porque añora, justamente, algo que nunca ha existido, una promesa que nunca se cumplió (y que ya no se sabe bien quién hizo). No tiene, por ejemplo, la furia de El Gramático, el narrador de las novelas de Fernando Vallejo; tampoco la liviandad de Bellatin, en cuyo interior se diluye todo resto identitario. El narrador de Simone, aunque esté harto, todavía espera algo. ¿Qué ha pasado acá para que nada pase?, se pregunta una y otra vez, al anotar sus pensamientos cotidianos en un diario fragmentario.

La imagen de la ciudad que Lalo traza, tanto en Simone aquí como en La inutilidad, discute con otra imagen, impuesta por la fuerza del mercado y, en el caso de Puerto Rico, por la dominación colonial directa: la de un Caribe alegre, paradisíaco, de folleto turístico, contra la que el mismo Lalo se ha pronunciado en numerosos ensayos e intervenciones públicas.

En los pasajes menos logrados de la novela, ese problema de identidades se vuelve queja, “pataleo”, para usar un término de Lalo. Así ocurre en un encendido e (innecesariamente) largo diálogo que, casi sobre el final, sostienen el narrador y otro escritor portorriqueño con un galardonado escritor español. Pero en otros momentos del libro, en los mejores, ese problema, esa carencia, se vuelve una vía de escape para una literatura que ya no reclama para sí más lugar, sino que se pliega sobre ese espacio imperceptible produciendo una diferencia mínima que busca decirlo todo. Es lo que sucede con los dibujos de Li Chao, unos caligramas chinos reproducidos infinitamente sobre papel, hasta que se borran a sí mismos, enormes cantidades de tintas empleadas en no decir nada o, más improductivo todavía, en tachar lo que recién se ha escrito. O la especie de performance que el narrador imagina para inscribir su propio cuerpo y su vida en esa ciudad donde la experiencia parece imposible: “He pensado a propósito de ciertas calles y aceras que si las suelas de mis zapatos tuvieran pintura quizá para esta época mis pisadas habrían cubierto por completo su superficie”.

Pero hay una discordancia evidente entre el narrador y Li. Como el punto de vista es el del escritor, ambas situaciones (ambas invisibilidades) quedan equiparadas, cuando el sentido común indicaría que la autopercepción de un escritor y profesor universitario sin público y la tragedia de una inmigrante china casi esclava son inconmensurables. Se ha criticado en este punto la novela de Lalo (y no sin razón se ha señalado, en ella, cierto heterocentrismo). También entre ellos, como entre el narrador y la alumna de nombre absurdo, se abre una distancia infranqueable. Podría creerse que solo el egoísmo del narrador puede pretender que esa distancia no existe, y entonces el protagonista de Simone se nos revela hasta repulsivo por momentos: un pequeño hombre con su pequeña tragedia. Pero tal vez también pueda leerse la relación entre el narrador y Li como la exploración, no exenta de patetismo y ensimismamiento, de ese abismo que los separa. Si un escritor debe ser, como leemos en la novela, “un atleta de la derrota”, la misma exigencia parecería valer para los amantes, condenados a correr hacia una meta a la que, lo saben, nunca se llega a tiempo.

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Eduardo Lalo
Simone

(Corregidor)
208 páginas

La inutilidad
(Corregidor)
224 páginas

Event date: 

Friday, April 6, 2018 - 7:00pm to 8:30pm

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